La lección del susto

El miedo, cuando no te paraliza, puede ser el mejor combustible. El Spotify Camp Nou lo olió desde el quinto minuto, cuando una pérdida de Koundé y Eric García se transformó en el 0-1 de Dadason. Un gol del Copenhague que no era solo un gol; era un inesperado precipicio abierto bajo los pies.

La consigna prepartido del Barça era clara: ganar, y hacerlo por suficientes goles para escapar del purgatorio de la repesca y entrar directamente entre los ocho elegidos de Europa. Sin Pedri y sin Frenkie de Jong, pero con una resistencia testaruda que convierte los sustos en lecciones y la presión en diamantes.

La primera parte fue un ejercicio de neurosis colectiva. Lewandowski fallaba lo inconfesable, el portero danés era un muro improvisado y el balón parecía llevar un imán que lo alejaba de la red. Entre la bruma de imprecisiones, solo un faro: Lamine Yamal. El chico de Rocafonda, con el peso del ataque creativo sobre sus hombros adolescentes, era el único que intentaba descoser la trama con regates y sentido. Hasta que la frustración le estalló en forma de amarilla por protestar. A su alrededor, nervios de metal, un disparo de Eric al larguero y un silbido al descanso que sonó a sentencia. 0-1. Y mientras, en Lisboa, el Madrid de Arbeloa –tan ensalzado por la prensa capitalina en los últimos días– comenzaba su particular viaje a los infiernos.

En el descanso, Flick mandó a la ducha a Eric García (mareado) y sacó a Marc Bernal. Un cambio no solo táctico, sino simbólico: fuera el miedo, dentro el talento crudo de la cantera. Y la lección comenzó a escribirse. En tres minutos, un fogonazo: pase profundo de Olmo, desborde y centro perfecto de Lamine, y remate de Lewandowski. 1-1. El estadio respiró aliviado ante la transformación que venía.

Pero la poesía, esa que escribe el fútbol cuando nadie lo espera, guardaba su mejor estrofa. En el minuto 60, justo cuando en Portugal el Real Madrid encajaba el tercer gol local, Lamine Yamal lanzó un zurdazo que, tras un rebote afortunado en un defensa, se coló en la red. El 2-1. no fue solo un gol. Fue un guiño del destino en una sincronía perfecta: mientras el Benfica derrumbaba en Lisboa el proyecto ensalzado, en Barcelona un niño de 18 años ponía a su equipo en la senda correcta hacia los octavos de final.

A partir de ahí, el partido fue una liberación. Un penalti sobre Lewandowski, transformado con frialdad por Raphinha, puso el 3-1 y la clasificación en el bolsillo. Pero el equipo, ya dueño del balón y del relato, no se conformó. Lo dirigía desde el centro Marc Bernal, con una serenidad de veterano, y lo remataba desde la frontal Marcus Rashford, con un golazo de falta directa, una suerte que no se veía desde los tiempos de un tal Leo Messi.

El 4-1 final era un espejismo si se miraba el marcador inicial, pero una verdad incontestable si se veía el desarrollo: el Barça, tras tragarse el pánico, había devorado a su rival.

La noche dejó dos imágenes para el álbum. La primera, la de Lamine Yamal, asumiendo el mando creativo en la orfandad de Pedri y convirtiéndose en el faro de la remontada. La segunda, la de la tabla clasificatoria: el Barça, entre los ocho mejores de Europa, acceso directo a octavos. Y justo detrás, en noveno lugar, condenado a la molesta repesca, el Real Madrid.

Ahí reside la verdadera poesía de esta Liga de Campeones. No en los versos fáciles de una prensa que ensalza proyectos vacíos, sino en el hecho crudo, inmutable, de la clasificación. El Madrid de Arbeloa se queda fuera del Top 8. El Barça de Flick, tras asomarse al abismo, sigue dentro. Y a veces, la grandeza no es no caer nunca, sino saber cómo se remonta.

Foto: FC Barcelona

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