Ayer, mientras la maquinaria del ruido descargaba su último cartucho de profecías incumplidas, los socios del Barça hicieron lo único que no admite debate: votar. Y votaron, como suele ocurrir cuando se molesta en preguntar a las bases, en la dirección exactamente opuesta a la que dictaban los oráculos del “hay partido” cuando eran plenamente conscientes de que no lo había. Joan Laporta arrasó. No ganó: aplastó. Y lo hizo con una mayoría tan incontestable que duele, precisamente porque duele a quienes construyen su relato sobre la premisa de que el presidente representa una anomalía transitoria, un accidente estadístico en la historia del club.
Para algunos, la figura de Laporta había agotado su crédito y generado un enorme descontento. Masivo, incluso. Para esos, la alternativa (cualquier alternativa, gran error) representaba la salvación. Luego llegó la noche electoral y el voto, ese incómodo papel blanco con un nombre impreso que no entiende de hashtags, desmontó el castillo de naipes con la eficacia de un mazazo.
La verdad, por más que duela a ciertas plumas y en ciertos timelines, es que Laporta sigue siendo, al menos hoy, el único personaje capaz de movilizar al barcelonismo en su conjunto. No es perfecto, comete errores (muchos), genera sombras de duda (con más frecuencia de lo deseable) y muestra algunas contradicciones que alimentan legítimamente la crítica.
Pero cuando se trata de elegir entre la complejidad imperfecta de un proyecto con luces y sombras y la simplicidad aséptica de una oposición que promete mundos de color rosa sin decir cómo pagarlos, el socio elige lo primero. Elige al que ya ha estado ahí, al que levantó el club de sus cenizas una vez y al que, pese a todo, conceden el beneficio de la duda porque lleva camino de volver a hacerlo.
Había que oír ciertas cosas esta mañana en según qué emisoras. Un contertulio, con la solemnidad del que cree portar la verdad revelada mientras plaga de comas sus columnas hasta hacerlas ininteligibles, soltó en Catalunya Ràdio una perla para el museo: “Los que votan a Laporta no son culers ni azulgranas”. Ahí queda eso. 32.934 socios, más del 68% de quienes votaron, convertidos de un plumazo en extraterrestres, en infiltrados, en no-creyentes de la verdadera fe. Es la esencia de la nueva inquisición: si no piensas como yo, si no votas lo que yo considero correcto, es que directamente no eres de los nuestros. La democracia, ese incómodo trámite que a veces produce resultados desagradables, debe de ser un error estadístico.
Es el viejo recurso del “han votado mal”. Cuando las urnas no te sonríen, cuando tu candidato, tu relato y tu profecía de catástrofe inminente se estrellan contra la realidad de las papeletas, siempre queda el comodín de deslegitimar al votante. No es que Laporta haya ganado limpiamente, con más de 18.500 votos más que Víctor Font y un proyecto que ha convencido a la mayoría. No. Lo que ocurre es que quienes le han votado son idiotas útiles, manipulados, gente que no entiende el club o, directamente, no merece llamarse culer. Es la soberbia disfrazada de análisis, la incapacidad de aceptar que el adversario también representa a una parte legítima de la masa social.
Luego está el ejército de los despechados de las redes. Esa legión de soldados vocacionales que han pasado los últimos meses ejerciendo de tontos útiles de según qué intereses, convencidos de que su cruzada digital les abriría de algún modo las puertas del Barça. Perfiles con nombre y foto que soñaban con un puesto o una gorrilla, aunque fuese de mayordomo, en el club. Gente que pontificaba sobre gestión deportiva con la autoridad que otorgan un puñado de seguidores y una paciencia infinita para el copy-paste. Ahora, con el resultado en la mano, se ven compuestos y sin novia. Sin proyecto al que adherirse, sin candidato que defender, sin la promesa de acceso al antepalco. Pero ojo, que la mala baba no caduca. Ahí siguen, afilando los cuchillos para la siguiente batalla, porque en el fondo lo suyo nunca fue el Barça. El club es lo de menos; lo importante es tener a quién señalar.
Apenas unas horas después de aparecer los dados del sondeo de TV3, comenzó el ejercicio de contorsionismo post-electoral. Los mismos del “hay partido” se afanaban en explicar que, en realidad, la victoria era previsible, que la participación fue baja y que la abuela fuma. Es la dialéctica del consuelo, un manual de autoayuda para derrotados que convierte una paliza histórica en un «yo ya lo dije«. Cualquier cosa menos reconocer que el famoso descontento popular era en realidad una cámara de eco ruidosa pero vacía.
Laporta ganó. Y ganó con un discurso que, guste o no, conecta con la mayoría silenciosa que no tuitea, no participa en tertulias radiofónicas y no concede entrevistas. Esa mayoría que simplemente acude a votar cuando toca, que ve resurgir de nuevo la silueta del Camp Nou, que recuerda lo que fue el club antes y después de su primera etapa, y que prefiere gestionar los problemas desde dentro que desde la oposición perpetua. Esa mayoría que ayer dijo, alto y claro, que el proyecto debe continuar. Que las obras del Camp Nou, por lentas que sean, son suyas. Que la gestión económica, por precaria, merece confianza. Que Laporta, con sus defectos y sus excesos, sigue siendo el suyo.
No, no todos son culers para algunos. Pero los únicos que deciden quién dirige al club son los que pagan su cuota, acuden a las urnas y sudan la camiseta en la grada. Los demás, los que confunden su opinión con la verdad revelada, pueden seguir pontificando desde sus atriles. Nadie duda de que continuarán haciendo el ruido de siempre.
Mientras, el Barça seguirá su camino y procurará mantenerse –anticipo que sin éxito– ajeno a tanto ruido interesado. Y en cinco años, si les parece, volveremos a preguntar.
Veremos entonces qué nueva excusa inventan para explicar que el pueblo, otra vez, haya votado mal. Si le dejan, claro.
