Abran bien las orejas y agárrense a la fregona, que lo que traigo hoy desde la garita no se limpia ni con salfumán. Pónganse cómodos, que hay tela que cortar.
Resulta que el joven Rodrigo Hernández Cascante, conocido en el orbe entero como Rodri, Balón de Oro y mariscal de los campos, ya viste de azulgrana. ¡Bombazo en Can Barça! Pero lo verdaderamente tronchante, lo que a una servidora le alegra la mañana mientras barre el rellano, no es solo que el bueno de Rodri haya elegido la brisa del Mediterráneo y el proyecto del señorito Hansi. No, no. Lo impagable, lo sublime, es el sainete que se ha montado a seiscientos kilómetros de aquí, en la ilustre capital del reino.
¿Se acuerdan de hace nada? ¿De cuando en la meseta no cabía un alfiler de tanto pecho inflado? “Rodri es el mejor mediocentro de la historia”, nos decían desde las tertulias nocturnas para obviar el legado de un Busi que, cosas de la vida, regresa al club casi el mismo día. “El auténtico líder que necesita el Madrid para ordenar a los galácticos”, pregonaban los oráculos del palco de Concha Espina con la baba caída. Durante meses nos vendieron que el chico era un señor de pies a cabeza: educado, sin tatuajes, universitario, un auténtico gentleman blanco predestinado a heredar el trono de Chamartín.
Pero, ¡ay, jóvenes míos! Esopo, que de fútbol no sabría mucho pero de naturaleza humana andaba sobrado, ya nos dejó escrita la fábula de la zorra y las uvas. Cuando la zorra vio los racimos maduros y lustrosos en lo alto de la parra, saltó y saltó hasta desriñonarse. Y al ver que no llegaba ni de casualidad, soltó con desdén: “Bah, no me importan… total, están verdes”.
Pues exactamente ese es el vodevil que nos está regalando la bancada merengue. Ha sido estrechar Rodri la mano del señorito Deco y, de la noche a la mañana, transformarse en un jugador sobrevalorado, lento y problemático. ¡Milagro! Ahora resulta que “no tiene ritmo para el fútbol moderno”, que “en realidad tapa la progresión de los jóvenes” y que “físicamente viene con sospechas”. Aquel prodigio que merecía todos los premios del planeta ha pasado a ser, según los sesudos analistas de la central lechera, un parche caro que además “nunca tuvo ADN ganador”. ¡Hay que tener la cara de cemento armado!
Mientras tanto, en las oficinas nobles de Arístides Maillol se frotan las manos y descorchan el cava. Rodri llega para mandar en la sala de máquinas, poner orden en el pivote y recordarle a más de uno que el fútbol se juega con la cabeza antes que con los pies (o los puños).
Así que nada, queridos. Dejemos que sigan masticando las uvas agrias de la ira mientras en Barcelona disfrutamos del espectáculo. Que sigan diciendo que no están maduras… ¡que nosotros nos vamos a pegar un banquete de época!
Hagan juego y no me pisen lo fregao.
Foto: FC Barcelona
