La Supercopa y el refuerzo de la derrota

Apenas había finalizado el encuentro y el mantra estaba claro en la prensa capitalina y las radios de todas las aficiones. «El Madrid sale reforzado» pese a la derrota en Jeddah. Sí, han leído bien. Perder una final, ceder un título, ver cómo sus rivales alzan una Supercopa que ellos codiciaban y, para mayor glamour, acabar el partido quemando la bala del renqueante Kylian Mbappé en el minuto 75, constituye, al parecer, un poderoso refuerzo en la particular alquimia madridista. Debe de ser un nuevo concepto de la psicología deportiva, uno donde la frustración se metaboliza en fortaleza y plantar el autobús para reconocer tu inferioridad es una «decisión táctica magistral». Mientras, en Barcelona, se celebra un título tangible, de esos que pesan, brillan y ocupan vitrina. La diferencia de narrativas no podría ser más elocuente.

El clásico de anoche fue, en efecto, gigantesco. Un duelo de extremos donde Raphinha y Vinicius pintaron de fútbol puro el cielo de Arabia. El Barça ganó 3-2 con un doblete del monumental brasileño y un gol de Lewandowski que demostró por qué, en las noches grandes, su clase es intemporal. Fue un triunfo de carácter, de tener que ganar el partido no una ni dos, sino tres veces, tras los goles inmediatos de Vinicius y Gonzalo. Un choque que tuvo de todo: genialidad, tensión, cuatro goles en diez minutos y una expulsión casi fuera de tiempo de Frenkie de Jong. Y, sin embargo, el relato post-partido se ha empeñado en orbitar alrededor de un supuesto equipo moribundo que encontró en la derrota su elixir de vida. Es el mundo al revés, pero con mejor prensa.

Analicemos este curioso refuerzo. El Madrid, con un plan «realista y pragmático» según las crónicas, jugó a esconder sus flaquezas. Es decir, reconoció tácitamente su inferioridad futbolística y apostó por el bloque bajo y la contra. Y aún así, necesitó de un caño magistral de Vinicius a Koundé para el 1-1 y de un rechace en un córner para el 2-2. Lo que los análisis llaman competir bien, en realidad se llama Joan García bajo los palos (otra vez decisivo en los momentos clave) y una casta azulgrana que, cuando el Madrid igualó por segunda vez y parecía que el viento soplaba a su favor, no se arrugó. Al contrario, encontró a partir del fútbol un tercer gol de pura calidad al que acompañó la fortuna que antes estuvo del lado de Gonzalo. Perder no te refuerza; te señala límites, como la dependencia de un genio individual (Vinicius) y la duda de cómo encajarlo con un crack mundial (Mbappé) en el equipo. Ganar, en cambio, te inmuniza y te llena la vitrina.

Pero no subestimemos la genialidad del giro narrativo. Mientras el Barça debe cargar con la losa de la exigencia –»ganar era lo mínimo, y además con sufrimiento»–, el Madrid se pasea por los platós con la medalla de oro de la lección aprendida y el espantado fantasma de la goleada.

Es un truco de ilusionismo mediático tan viejo como eficaz: cuando no puedes celebrar el triunfo, celebra la actitud. Cuando la copa se te escapa, proclama que has encontrado algo más valioso: identidad. Es la filosofía del consuelo premium, un relato para vender una derrota en una final como si fuera el germen de una futura victoria.

Que no se malinterprete: el Madrid compitió, y Vinicius estuvo enorme. Pero de ahí a sacralizar su caída hay un abismo de autoengaño. El fútbol se rige por juego y resultados, no por sensaciones térmicas o potenciales sin explotar. El Barça tiene una copa más en el palmarés, un impulso anímico brutal de cara a la recta final y la confirmación de que, pese a los sobresaltos, este equipo tiene el coraje de los campeones. Eso sí es un refuerzo de hierro. El otro, el de la derrota gloriosa, es un placebo para que la afición trague la píldora de la frustración.

Al final, el clásico siempre deja dos historias: la de los hechos y la de los relatos. Los hechos dicen que el Barça es campeón de la Supercopa, que Raphinha fue gigante y que el Madrid, con o sin Mbappé, acabó segundo. Los relatos, que el Madrid sale reforzado. Que cada cual se quede con lo que prefiera. El Barça, mientras, seguirá pasando lustre a la copa, ese incómodo objeto que no entiende de metanarrativas, sutilezas táctica o refuerzos morales. Solo entiende de quién marcó más goles.

Y anoche, fueron los nuestros.

Foto: FC Barcelona

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