La primera gran piedra de toque en el Spotify Camp Nou (semi) renovado no podía tener otro nombre: el Atlético de Madrid. No era un test, ni un amistoso de gala. Era el examen práctico de un equipo que necesitaba demostrar que su regreso a casa era algo más que un cambio de código postal. Y lo hizo. Con un 3-1 que sabe a mucho más que tres puntos, el Barça firmó una reinauguración emocional y futbolística. Porque el Camp Nou no es Montjuïc. No es un refugio provisional con vistas al mar. Es el termómetro definitivo, y esta noche marcó fiebre en la vuelta a los orígenes.
El partido comenzó con las sombras de las bajas: Araujo, por un necesario cuidado de su salud mental, y Frenkie de Jong, por un proceso febril. Hansi Flick, fiel a su osadía, volvió a confiar en Gerard Martín como central izquierdo y en Eric García como mediocentro. Una apuesta que, en la teoría de los puristas, podría sonar a temeridad, pero que en la praxis del alemán es un acto de fe en el concepto. Y el concepto, esta noche, funcionó. Desde el primer minuto, una presión alta, organizada y voraz ahogó los intentos de construcción atlética. El tiro de Raphinha en el minuto 8 fue el primer aviso: este Barça había venido a jugar, no a esperar.
Pero el fútbol es un relato de giros bruscos. En el minuto 20, Álex Baena, que repartió estopa a Koundé y a Cubarsí en entradas de amarillo dudoso, remató a la red partiendo desde una posición límite. El asistente lo anuló, pero el VAR, ese dios moderno de los píxeles, dio el gol. Una injusticia deportiva –por lo visto hasta entonces– y una dosis de realidad: el regreso a casa también incluye las pequeñas tragedias modernas. Sin embargo, lo que siguió no fue la queja, sino la mejor respuesta posible. Una reacción eléctrica, con Lamine Yamal desbocado encarando una y otra vez al lateral. El Barça inclinó el campo y en el minuto 26 llegó una obra de arte en forma de pase milimétrico de Pedri –que volvía a ser el genio de siempre– para que Raphinha, en una carrera pura de desahogo, driblara a Oblak y depositara el balón en la red. El estadio estalló. No era solo el gol, era la afirmación de un estilo.
Llegó entonces la locura de tres minutos. Primero, Joan García salvando con los pies fuera del área un error inusual de Cubarsí, recordó que hay un portero que da una seguridad olvidada. Luego, en el 34, Dani Olmo regateando en el área y siendo derribado sin contemplaciones por Barrios. Penalti claro. Y, acto seguido, la incredulidad: Lewandowski, el verdugo implacable, disparó al cielo de Barcelona. El silencio fue un mazazo. Pero ni siquiera ese fallo monumental logró desarmar al equipo. Siguió el asedio, con un centro de Lamine y una parada milagrosa de Oblak al excelente y académico remate del delantero polaco. Se llegó al descanso con un 1-1 que sabía a poco. Había sido, quizás, la mejor primera parte de la era Flick en esta temporada: intensa, vertical, reconocible.
La segunda mitad fue la consolidación de una idea. El Atlético, con Gallagher por Nico, trató de morder en la transición, pero el Barça mantuvo el pulso. Y en el minuto 64, llegó la jugada que resume el espíritu del nuevo proyecto: combinación rápida, Olmo a Lewandowski, devolución en la frontal y remate ajustado de Olmo al primer poste. Gol para coronar una jugada de 27 pases y un rondo de un minuto y catorce segundos. El jugador que el Barça quiso pero no pudo pagar –Julián Álvarez– observaba desde el campo contrario, mientras el hombre que sí llegó decidía el partido. La ironía, siempre presente. La mala noticia fue la lesión del egarense en el mismo remate, una puñalada de realidad en un partido de ensueño al que entraron, con hambre, Ferran y Rashford
Lo que siguió fue un ejercicio de gestión y carácter. Sin Pedri y sin Raphinha –sustituidos tras su regreso–, el equipo sufrió el asedio final atlético. Almada falló ante la portería vacía. Pero allí estaba Joan García, impasible, dando una seguridad que no se veía entre los tres palos del Camp Nou desde hace años. No es solo que pare las pelotas; es que transmite una calma que se contagia a la defensa. En el minuto 87, con Christensen ya en el campo por Lamine, el partido se convirtió en un cara o cruz de ataques. Hasta que, en el filo del final, llegó la puntilla: Balde, en una carrera por su carril, asistió a Ferran Torres para que marcara el 3-1 definitivo. Justicia poética para quien entró para suplir a un héroe lesionado.
El pitido final confirmó lo que los 90 minutos habían gritado: el Barça ha vuelto. A casa, sí, pero sobre todo al fútbol. Al fútbol que emociona, que presiona, que combina y que sufre, pero que siempre busca la victoria con identidad. Esta no fue solo la primera gran prueba en el Spotify Camp Nou. Fue la declaración de que el proyecto, contra el ruido, las lesiones y las dificultades económicas, está muy vivo. Y que en su casa, con su gente, es imparable.
Foto: FC Barcelona
