La autocrítica que nadie quiere hacer

Joan Laporta apareció ante los medios para explicar el caso de la inscripción de Dani Olmo y Pau Víctor y, para muchos, volvió a irse sin dar demasiadas respuestas y, sobre todo, sin hacer autocrítica de su gestión en este embrollo.

La habilidad de Laporta para dominar el discurso es de sobras conocida, tanto como su maestría en el arte del esquive. Por eso resulta fácil acusarle de falta de autocrítica, y en parte se lo ha ganado a pulso. Su gestión tiene claroscuros evidentes, y hay decisiones que aún esperan una explicación convincente. Desde las cifras reales de la deuda que los grupos opositores elevan hasta el cielo hasta las relaciones con la constructora turca del Camp Nou, pasando por fichajes como el de Vitor Roque o por el papel del famoso «mediador» del contrato con Nike, el Barça no parece ser hoy precisamente un modelo de transparencia. Pero si algo está claro, es que la crítica fácil no sustituye a la información. Y ahí es donde los medios están fallando.

La prensa parece más interesada en atacar a Laporta por defecto que en buscar respuestas. En lugar de investigar, muchos prefieren quedarse en lo superficial. Y el problema no son los periodistas que estaban ayer en la sala de prensa de la Ciutat Esportiva Joan Gamper; atañe a un ecosistema mediático que está dejando morir la información en favor de las tertulias. 

Porque investigar es caro, difícil y lento. En cambio, opinar es barato, rápido y rentable. El ejemplo lo tienen en esta columna, que no expresa más que eso: una opinión. Y es así, entre debates estridentes y teorías conspirativas, como las cuestiones realmente importantes quedan en el olvido. Es más sencillo llenar minutos de radio o televisión con ataques al presidente del Barça –seguramente merecidos en muchos casos– que gastar tiempo y recursos en desmenuzar las cuentas del club o en seguir el rastro del dinero en operaciones sospechosas.

La ‘tertulización’ (perdón por el palabro inventado) del periodismo deportivo está matando la información. Cada vez importa menos lo que se sabe y más lo que se opina. Y cuando las opiniones se convierten en gritos y los gritos en espectáculo, el debate pierde su propósito: acercarnos a la verdad. 

No sirva este argumento como excusa para eximir a Laporta de su responsabilidad. Su estilo personalista y su tendencia a las evasivas tampoco ayudan. Hay errores que no admiten excusa, como el manejo temerario de los plazos en el caso Dani Olmo –que él desmintió y que no terminaremos de conocer hasta la resolución del CSD– o los interrogantes que aún rodean las cuentas y los plazos de ejecución del Espai Barça. Pero el presidente tiene una ventaja que sus críticos no parecen entender: cada ataque sin fundamento refuerza su posición entre los suyos. Y él lo sabe.

Cuando los medios dejan de buscar la verdad y se limitan a alimentar una narrativa de villano, el entorno se cierra. Los socios, la afición y hasta los más críticos prefieren defender a Laporta frente a un enemigo común antes que abrir brechas internas. La falta de autocrítica del presidente queda así camuflada por la falta de rigor de quienes deberían fiscalizarlo. 

El Barça necesita respuestas, y la prensa tiene la obligación de exigirlas. Pero para eso, los periodistas deben recuperar el valor de la información y renunciar al cómodo refugio de las tertulias vacías. La crítica es necesaria, pero para que sea efectiva debe estar respaldada por hechos, no por ruido. 

El periodismo no puede contentarse con ser el eco de sus propias opiniones. Si sigue por este camino, no será Laporta quien tenga que hacer autocrítica. Serán los medios quienes tendrán que explicar por qué dejaron de buscar la verdad en favor del espectáculo o del clic, que es aún peor. Y entonces ya será demasiado tarde. 

Foto: FC Barcelona

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