Han pasado apenas dos días desde el pitido final de Gil Manzano contra el Girona y ya estamos otra vez aquí, en ese lugar familiar donde la razón se rinde al estrépito. Un partido duro, un rival que crece y un gol in extremis que huele a épica, a esos tres puntos que saben a gloria en el infierno del calendario. Y, sin embargo, el relato no es ese. El relato, impuesto por la urgencia patológica de este entorno, es el de un juego falto de intensidad, de un equipo que no es el de la pasada temporada y, cómo no, el de un técnico cuyos gestos de alivio y rabia en la banda se convierten en el crimen perfecto.
Resulta casi cómico, si no fuera tan triste, presenciar esta amnesia colectiva. Parece que fue en otro siglo cuando este mismo equipo, con este mismo entrenador, desplegaba un fútbol vibrante y arrollador. Ahora, tras algunas actuaciones menos redondas, se construye una narrativa de crisis con la solidez de un castillo de naipes, pero con el volumen de una ópera wagneriana. Los mismos opinadores que alababan la “mentalidad Flick” ahora afean su carácter. Los mismos tertulianos que pedían pasión, condenan sus cortes de mangas como si la victoria, por llegar en el descuento, debiera celebrarse con la compostura de un bibliotecario.
Esta es la tiranía del presente absoluto: no hay memoria, no hay contexto, no hay proceso. Solo el hambre insaciable de un nuevo drama que alimente el ciclo de las redes y los programas de debate. Se juzga cada partido como una entidad aislada, un suceso definitivo que define para siempre el futuro del club. La larga temporada, con sus inevitables altibajos, sus parones para las selecciones, sus lesiones (valga la redundancia), sus momentos de fatiga física y mental, no existe en este relato. Lo único que importa es el último gol, la última jugada fallada, el último gesto captado por la cámara y desprovisto de todo significado.
Y en el centro de este huracán de necedad, Hansi Flick. Al alemán se le critica por vivir los partidos con una intensidad que, curiosamente, se le reclama al equipo en el campo. Es el síndrome del espejo distorsionado: exigen fuego en el juego, pero repudian el calor del que lo enciende. Su error, al parecer, fue no disimular el alivio tras una victoria sudada, como si la autenticidad fuera un delito en la era de la pose perpetua. Qué paradoja más cruel: en un mundo lleno de discursos vacíos y sonrisas de plástico, al único que no le perdonan sus emociones verdaderas es al que tiene la responsabilidad más grande.
Pero este ruido, por ensordecedor que sea, es solo eso: ruido. El proyecto no se construye en las ondas de radio, en los chiringuitos televisivos ni en los timelines de las redes sociales. Se construye día a día en la Ciutat Esportiva Joan Gamper, con el sudor de los jugadores y la obstinación de un técnico que, con sus virtudes y sus defectos, no sabe (o no le da la gana) hacer las cosas de otra manera. La intensidad no es un interruptor que se enciende y se apaga a voluntad; es una consecuencia. Consecuencia de la confianza, del trabajo y, sobre todo, de la paciencia. Un bien que escasea como el agua en el desierto en esta Barcelona tan dada a la autofagia.
Quizás el problema de fondo no sea el rendimiento del equipo, sino la incapacidad de este entorno para digerir la normalidad. Porque lo normal, en una liga de diez meses, es sufrir, es remontar, es ganar con arte y también con corazón. Lo anómalo es pretender una exhibición semanal, un desfile de perfección que nunca ha existido en la historia de este deporte.
Al final, como el sábado en Montjuïc, el fútbol siempre tiene la última palabra. Mientras el ruido mantiene su espiral infinita, el equipo seguirá su camino, ajeno a la tiranía del olvido inmediato. Y cuando en mayo contemos los puntos, no recordaremos los gestos de Flick, sino la bola en la red. Será entonces, demasiado tarde como siempre, cuando quede claro que dedicamos nuestra energía a criticar la sombra, mientras otros se ocupaban de lo único que importa: la sustancia.
Foto: FC Barcelona
