El pasado viernes, el diario catalán ‘Ara‘ llevó a su portada que la directiva del FC Barcelona ya tiene decidido el lugar en el que se construiría el nuevo estadio, localizado en la frontera entre Barcelona y l’Hospitalet. De acuerdo con lo publicado por el periodista Albert Llimós, los terrenos en que se levantaría ocuparían no menos de 250.000 metros cuadrados, para lo que se deberían adquirir las propiedades de l’Hospitalet Nord y también de la Universitat de Barcelona. Probablemente el proyecto de mayor calado en la historia moderna de la ciudad.
En la información se daba cuenta de que desde la más absoluta discreción, la directiva de Sandro Rosell ha mantenido contactos con el ayuntamiento de Barcelona desde mediados de 2012 en esa dirección. Quiere esto decir que el presidente del club hace muchos meses que tendría decidido hacer una consulta con los socios respecto a irse del Camp Nou… Y ya dando a conocer toda clase de las ventajas que ofrecería la nueva construcción.
Paralelamente, desde el propio club y diversos medios de comunicación ‘afines’ se ha pretendido convertir en normal el debate y conducirlo hacia la ‘necesidad’ de abandonar un estadio caduco, pasado de moda, alejado de la grandeza y comodidades de otros estadios de Europa. Dando a entender, en pocas palabras, que el futuro del Barça pasa por dejar su casa y marcharse a una nueva. Lo más de lo más.
La historia, sin embargo, viene de lejos. Es un goteo incesante. Hace cerca de dos años, en marzo de 2012, Jordi Moix fue quien comenzó a plantar la semilla. En una entrevista a RAC-1, el directivo azulgrana deslizó sibilinamente que la remodelación del Camp Nou costaría no menos de 150 millones de euros. Aunque se guardó muy mucho de especificar en qué se gastarían esos dineros que, con el tiempo, han ascendido hasta los, sí, 300 millones. Cantidades tan desorbitadas como no argumentadas a la opinión pública.
Los accesos al Camp Nou siguen siendo los mejores de la Liga española y están entre los mejores de Europa. A pesar de las trabas que pone el club al aficionado
Y es que, de entrada, sería interesante, por no decir necesario, que la directiva explicase de forma exacta, perfecta y clara qué es lo que precisa mejorarse del Camp Nou. Poner en duda la accesibilidad al estadio es una broma de mal gusto por cuanto los accesos son, sin ninguna duda, los mejores que hay en toda la Liga española y están entre los mejores de Europa, amplios y cómodos. De hecho, la vergonzante política llevada a cabo desde tiempos de Laporta de solamente abrir la mitad de la mitad de las puertas de acceso al recinto (se juegue ante el Hospitalet o frente el Real Madrid) es lo que dificulta la entrada a los aficionados, que una vez superado el primer torno pueden desplazarse con absoluta normalidad hasta que llega el segundo ‘tapón’, cuando de cada cinco puertas apenas hay dos en funcionamiento. Cosas del ahorro que no se contemplan en las zonas nobles.
Hay más, desde luego. Las renovaciones realizadas en las zonas de lavabos más allá de la tribuna y zonas VIP se han hecho en los últimos tiempos de cualquier manera, de la misma forma que la tan prometida renovación de los ‘negocios’ de restauración solo se han dejado notar en precios tan abusivos como vergonzantes. Se habla de seguridad sin explicar a qué se refiere ese palabro, puesto que partido sí partido también sigue colándose gente como le da la gana. Lo más grande es que entran como quieren… Y sería interesante saber cómo. Nadie lo explica. Hablar de ‘Hospitality’ suena muy cool, como de convenciones y hosteleria… Y todo sin más. Dicen los que lanzan esa idea maléfica de un ‘nuevo estadio’ que se podría con su construcción aprovechar la nueva instalación, sin caer en la cuenta, o peor aún ocultándolo, que existe una explanada de tribuna grandiosa y una no menos grande en la zona de lateral en la que, de acuerdo con el Ayuntamiento, podrían llevarse a cabo esas novedosas ideas.
Poner de referencia Wembley, el Allianz Arena o el Emirates es engañar por cuanto la realidad del Barça no tiene nada que ver
¿Quiere alguien hacer creer que no existiría ni una empresa y/o multinacional interesada en invertir su dinero en negocios de
ese tipo en las actuales instalaciones del Camp Nou si se les diera la facilidad necesaria para hacerlo? ¿Por qué la directiva pasa por alto las posibilidades que ofrece la actual instalación para dejar que otros saquen a colación nombres como Wembley, Allianz Arena, Emirates o, en el caso más divertido, el Cowboys Stadium de Dallas? ¿Por qué nadie explica ahora, al hablar de un nuevo estadio, que el cambio de Highbury por el Emirates lastró salvajemente la economía del Arsenal? ¿Por qué no se dice que el Allianz es de propiedad privada, no del Bayern, y que en él juegan los dos clubs de Múnich? ¿Por qué se oculta que Wembley es propiedad de la federación inglesa o que el Cowboys Stadium es privado? Mejor no explicar, parece. Es más atractiva lanzar la idea de la ‘quizá’ conveniencia de lanzarse a la construcción de un nuevo estadio, un templo megamaravilloso del que no se ofrece dato ninguno en cuanto al fútbol pero se dice que en plan hospitality, convenciones, hoteles y cines sería la repanocha. Por cierto, si se juega al fútbol, pues vale, pero parece ser ya algo residual.
De la misma forma que los escándalos que se repiten con entradas para desplazamientos masivos y finales en las que el socio queda en un segundo o tercer plano son enterrados a velocidad de vértigo y que los periodistas han pasado a convertirse en los altavoces interesados de los dirigentes olvidándose de su verdadero oficio, nada está vetado. Si han matado sin despeinarse el Miniestadi, dejándolo en un estadio ruinoso y sin ningún interés en animar a la gente a acudir, si son capaces de hablar del derribo de un Palau Blaugrana que nunca se llena con la excusa de la Euroliga sin plantearse utilizar el Sant Jordi en competición europea o de tirar al suelo el Palau de Gel porque no es mediático ni ofrece grandes beneficios a pesar de su excelente utilización… ¿qué no serán capaces de hacer con el Camp Nou si nadie les para los pies?
El viernes por la noche, en la cena/fiesta de los veteranos (que se realizó en un hotel a pesar de existir en el Camp Nou maravillosas y espaciosas salas) Rosell volvió a lanzar un dardo preciso. A cuenta de la intención de la asociación de exjugadores de crear una especie de ‘Paseo de la fama’ en que quedasen marcadas en el suelo las huellas de viejas glorias del club, el presidente lo frenó ‘por si acaso’ el socio decide dar luz verde a la construcción de la nueva instalación.
Rosell se puso a la cabeza de la oposición a Laporta en la remodelación de Foster. Más aún, se comprometió a mantener la personalidad del Camp Nou y aseguró que bajo su mandato nunca se plantearía un nuevo estadio
Cuando la anterior directiva aprobó (acertadamente o no es otra cuestión) la remodelación del Camp Nou presentada por Norman Foster y se cifró su precio en 250 millones de euros, el hoy presidente del club se puso al frente de los opositores.
Bramó por la conservación de la personalidad del estadio y, después, en su programa electoral, puso especial énfasis en asegurar que el estadio era intocable. Juró por activa y por pasiva que no solamente se enterraría el proyecto de Laporta sino que la remodelación se llevaría a cabo a través de la simple necesidad de adecuar el campo.
Sin embargo, con el tiempo -y Qatar-, las cosas han cambiado. Si cada directiva necesita pasar a la posteridad por algo en concreto, el legado de Sandro Rosell ya es bien visible. Y peligroso. Ahora, ya de manera descarada, se filtra de forma interesada la conveniencia de pensar en un nuevo estadio a pesar de que los más de 60.000 metros cuadrados de superficie que ocupa el Camp Nou ofrecen posibilidades sobradas. Todo ello sin tener en cuenta, además, que los terrenos, de entrada, no son edificables. Estos mismos que hace ‘4’ días ponían el grito en el cielo al hablar del ‘pelotazo’ de Florentino Pérez con la Ciudad Deportiva del Real Madrid, ¿qué dicen o dirán ahora?
Por cierto, hace cerca de dos décadas, en el verano de 1994, la directiva de Josep Lluís Núñez acometió en apenas dos meses y medio la segunda gran remodelación del Camp Nou. La normativa de la UEFA que obligaba a que todas las localidades de los estadios fuesen de asiento fue la excusa perfecta para que, a través de la empresa Ferrovial, Núñez llevase a cabo una remodelación brutal en un tiempo récord. El estadio perdió aforo y creció hacia abajo: se rebajó en dos metros y medio el nivel del terreno de juego y se eliminaron el foso que rodeaba al césped y las vallas protectoras. Desaparecieron las localidades de pie situadas en ambos goles, se mejoraron los accesos y comenzaron a crearse salas anexas en lo que era una llamada al futuro. Algo que es hoy incontestable. Aquella obra, de gran calado, fue adjudicada a la empresa Ferrovial a través de una elección nunca explicada pero que al socio del Barça, algo que siempre repetía Núñez, no le costó ni un euro. El monto total de la remodelación ascendió a 900 millones de pesetas, unos 5,41 millones de euros.
Hoy se habla de cifras escandalosas pero ni se hace referencia al coste que tendría todo ello para el abonado, dando por hecho que, a diferencia del pasado, en el futuro su bolsillo será el que soporte tal dispendio. Puede sospecharse que es la puerta de entrada a un nuevo modelo de club en el que la ‘propiedad’ del asiento desaparezca, el precio se dispare y el fútbol acabe siendo un espectáculo al que solamente puedan acceder quienes sean económicamente pudientes.
Si no ha bastado con enloquecer en lo que a horarios se refiere, si nada se ha hecho por evitar, al contrario, incomodidad a la gente y se ha acabado echando a los niños del fútbol como si nada, la construcción de un nuevo Camp Nou puede conducir, de forma irremediable, al final de una época. La que muchos conocimos.
