Llegó avalado por la mística de los elegidos. Su fichaje -más allá de los claroscuros acerca del destino de los 57 millones que costó- levantó la euforia entre una concurrencia deslumbrada a partes iguales por los goles con el Santos con los que nos bombardeaban los telediarios y por algo que sirve siempre al culé para henchir el pecho: el Barça arrebató a Neymar a un Real Madrid que hasta el último día apostó por él.
En los primeros partidos con la camiseta azulgrana, Neymar dejó pronto claro que el clásico período de adaptación no existía para él. La inteligencia mostrada al asumir su papel a la sombra de Messi, su cambio de ritmo, su facilidad para desbordar a los defensas y el descaro con el que saltó al ruedo en una plaza exigente como ninguna, el Camp Nou, lograron que el público saltara inmediatamente al interior de su bolsillo.
Pero ha sido precisamente ese cúmulo de factores positivos el que ha comenzado a jugar en su contra. A la que el engranaje del equipo ha comenzado a rechinar y ante la ausencia del crack argentino, todas las miradas se han depositado sobre el joven brasileño. «No tiene gol«, dicen.
Más allá de si lo tiene o no -que lo ha tenido siempre-, los análisis del papel de Neymar no deben ceñirse a si ha metido cuatro, catorce o cuarenta goles. No de momento. Básicamente, porque su juego no puede interpretarse sin tener en cuenta el estado del equipo y el de sus compañeros. Y hoy el Barça no sabe si juega a mantener el balón y la posesión, a jugar al contraataque o a recular cuando se pone con ventaja en el marcador. Quizá cuando termine de definirse un tipo de juego concreto, cuando no se dé un paso adelante y dos atrás, cuando acabe esta montaña rusa y cuando quienes le acompañen den de verdad lo que tienen dentro, Neymar pueda por fin saber cuál es su misión en un equipo que anda algo perdido.
Actualmente, sólo dos futbolistas tienen la capacidad para tirar de un equipo, paliar sus carencias e intimidar al adversario con su sola presencia. Uno es portugués y juega en el máximo rival. El otro lleva casi dos años haciéndolo y se llama Leo Messi. Neymar no tiene todavía ese peso específico, pero en sus botas y en su cabeza, sobre todo en su cabeza, está el que un día pueda conseguirlo.
