El sol se colaba entre las rendijas de la provisional cubierta de la tribuna de prensa como un invitado inesperado a una fiesta íntima. Y lo era. Porque este no era un partido, sino algo simbólicamente más importante: un ensayo general de la normalidad. 23.000 almas convirtieron un simple entrenamiento en una ceremonia de bienvenida, en ese reencuentro entre un pueblo y su catedral. El Spotify Camp Nou ya no es un render, ni una promesa electoral. Es, de nuevo, una casa con ruido, con canciones, con la alegría visceral de quien recupera un espacio robado por las grúas y los retrasos.
En el césped, entre ejercicios tácticos y rondos, un detalle menor resumía el momento: Eric García, con una máscara protegiendo la fractura que le arrancaron en los minutos finales de Brujas, sonreía. Ahí estaba todo. La resiliencia hecha futbolista, la capacidad de seguir de pie después del golpe, de proteger las heridas sin dejar de jugar. Es la metáfora perfecta de este Barça: navega con la venda en la nariz y los números en rojo, pero sigue navegando. Y hoy, por fin, recaló en su puerto.
La gente lo notó jaleando al equipo y lo percibieron también jugadores y staff, que devolvieron los aplausos a aquellos a llenaron el gol sur y la tribuna. No fue un gesto protocolario, sino el reconocimiento de que en el Camp Nou, en ese templo, la conexión no es digital ni medible en impresiones, sino física. Es una suerte de circuito cerrado de energía que recarga tanto al que juega como al que anima. Y hoy se cargaron las pilas de un proyecto entero.
Que este reencuentro se produzca en la actual situación económica no es un detalle, es una proeza. Mientras las tertulias y el ruido de sables electoral seguían legítimamente obsesionadas con las cuentas, el club ha sido capaz de cuadrar el círculo: mantener la viabilidad mientras devolvía la vida al estadio. Es un acto de fe, sí, pero también de una osadía que roza lo temerario. Y sin embargo, ahí estaba: el sol, el césped, los aplausos. La ilusión no entiende de balances, pero a veces los salva.
Hasta los medios, obligados a diario a llenar minutos y páginas a veces con cualquier menudencia, parecían contagiados por una rara lucidez y reconocían este regreso como lo que es: un triunfo colectivo.
El mérito, pues, no es solo haber levantado un estadio, sino haberlo hecho cuando todo –la economía, el calendario, la lógica– aconsejaba ser prudente. Es la contradicción fundacional de este Barça: hace lo imposible para sobrevivir, y a veces, como hoy, lo consigue. Esto no era un entrenamiento. Eran las primeras líneas de una nueva página de la temporada, escrita a fuego por 23.000 testigos. Y el mensaje era claro: por fin, hemos vuelto a casa.
La foto es mía.
