Ayer, mientras en según qué tertulias se seguía discutiendo acerca de las razones por las que Luis de la Fuente no llamó a ningún jugador del Real Madrid para el mundial de este verano, Alexia Putellas publicó un vídeo de despedida. No era un anuncio más. Era la certificación del final de una era. Una etapa de catorce años jalonada con treinta y ocho títulos (entre ellos, cuatro Champions), dos Balones de Oro, 234 goles y una rotura del ligamento cruzado anterior que habría jubilado a cualquiera, pero que a ella solo le sirvió para regresar más grande. La de Mollet del Vallès se va. Y se va en lo más alto, como solo hacen las elegidas.
Decir que Alexia Putellas ha sido importante para el Barça es un ejercicio de minimalismo insultante. Es como decir que Messi pegaba bien a la pelota o que el Camp Nou es ‘un poco grande’. La capitana del Barça ha sido el pilar sobre el que se ha edificado no solo el equipo más dominador de Europa, sino todo un movimiento. Ella estuvo cuando jugar al fútbol en España era una heroicidad silenciada, cuando las gradas del Mini Estadi apenas juntaban a familiares y cuatro curiosos. Ella ha sido el faro que ha guiado a una generación entera, y lo ha hecho con ese gesto serio de líder que no necesita gritar para imponer respeto.
Su palmarés es de una obscenidad que roza lo injusto. Con el Barça lo ha ganado todo; con la selección, tocó el cielo del Mundial en Sidney y logró dos Ligas de Naciones y dos Europeos sub-17. En lo individual, dos Balones de Oro consecutivos, dos The Best y otros tantos premios a la mejor jugadora de la UEFA. Alexia ha sido la máxima goleadora de la historia del club con 234 dianas, la segunda con más partidos con 512 hasta hoy, y la primera futbolista (hombre o mujer) en superar los 35 títulos de Leo Messi en el Barça. Ahí queda eso.
Pero más allá de los números, que son fríos y solo hablan de eficacia, está el impacto social. Alexia Putellas ha normalizado lo que unos pocos iluminados –los que aún hoy se mofan en los bares mientras desayunan su café con leche– se empeñan en ridiculizar. Ha hecho visible una realidad que ya no puede ser ignorada: el fútbol femenino no es un hobby, no es una concesión paternalista, no es el telonero del partido de los chicos. Es una profesión, una industria y, sobre todo, una fuente de orgullo. Y si hoy las niñas pueden soñar con ser futbolistas sin que nadie les sonría con condescendencia, es en buena parte porque Alexia Putellas se empeñó en romper puertas y tirar muros con su zurda.
No se va triste, ha dicho. «Solo es una etapa que se acaba. Nací culé y moriré culé». Una frase que suena a promesa, a compromiso eterno. El vídeo, una historia perfecta, es un catálogo de recuerdos que golpean en el pecho de cualquier barcelonista. La misma historia que comenzó con 18 años, tras un periplo por varios equipos, se cierra ahora, justo cuando el Barça ha vuelto a reinar en Europa. Han sido más de 500 partidos defendiendo una camiseta que, según confesó ella misma, salvó su vida en su peor momento familiar.

Habrá quien diga que el Barça Femenino sobrevivirá sin ella. Y es cierto, el club es mucho más que una futbolista, por muy genial que sea. Pero lo que nadie podrá reemplazar es ese carisma único, esa capacidad para aparecer en los momentos decisivos, esa mirada de ganadora que no negocia. El legado de Alexia Putellas es tan inmenso que cuesta imaginarlo, pero es tangible: cada niña que hoy juega en la cantera, cada aficionada que llena el Spotify Camp Nou o que acude al Johan, cada periodista que cubre la información con respeto es, en el fondo, una extensión de su obra.
Mientras, en el país del fútbol, habrá quienes sigan pensando que esto es una broma. Los memes de Twitter, los comentarios de la barra del bar, esos columnistas de la vieja escuela que aún creen que el deporte femenino es una anécdota. A ellos solo cabe recordarles que Alexia Putellas ha sido dos veces la mejor del mundo y que el fútbol, ese que ellos creen poseer en exclusiva, es más grande y más diverso que sus prejuicios.
La Reina abdica. Se va al atardecer de su carrera, dejando un trono vacío que parecía eterno. El acto de despedida se celebra hoy en el Spotify Camp Nou y tendrá continuidad por la tarde en un Johan Cruyff que ha vendido ya todo el papel frente a la Real Sociedad. El adiós de Alexia no es un adiós fúnebre, sino que debe ser la celebración de una vida dedicada al esfuerzo y la excelencia. Ella se va, pero su sombra seguirá alargándose durante décadas. Porque las leyendas no mueren, solo cambian de escenario.
Gracias, Alexia.
Larga vida a la Reina.
Fotos: FC Barcelona
