Con toda la variada guarnición que rodea al Barça–Bayern de mañana, corremos el riesgo de olvidar lo más importante: hay una plaza en la final de la Liga de Campeones en juego. El ruido que genera el regreso de Josep Guardiola al banquillo del Camp Nou, aunque sea como rival, está ocultando lo más importante, que no es otra cosa que lo que ocurrirá durante 90 minutos sobre la alfombra del templo blaugrana.
Está la parroquia tan embelesada mirando el dedo en lugar de la luna que éste señala, que no prestamos atención al encuentro. Nos fijamos tanto en aspectos tangenciales que omitimos lo que de verdad importa. Hablamos demasiado del recibimiento que espera a Guardiola –bueno, no cabe otra opción salvo en las mentes de las novias despechadas– y nada de lo que se verá en el campo.
Muchos piensan que el envidiable estado de forma del Barça será suficiente para derrotar a los bávaros y caen en la tentación, tan golosa como soberbia y prepotente, de vivir con más intensidad los prolegómenos que el partido, como quien prefiere los preliminares a la consumación del acto sexual o, si lo miran de otro modo, como quienes se quedan con las primeras vueltas de Cesc Fàbregas en lugar de valorar el conjunto de su actuación.

Luis Enrique, poco amigo de excesos verbales ante la prensa –y poco amigo de la prensa en general, para qué negarlo– es seguramente el único capaz de ponderar todo esto. No saldrá de su boca una palabra más alta que otra. El asturiano no se prodiga demasiado en dar charlas futbolísticas pero, por contra, esa parquedad se traduce, queriendo o no, en una prudencia más necesaria que nunca.
Mientras otros se empeñan en enquistar el ambiente buscando rivalidades, cuentas pendientes y revanchas con Guardiola, Luis Enrique prepara el partido ante el Bayern con la tranquilidad de quien se siente seguro de los suyos y consciente de la envergadura del reto. Si el Barça quiere estar en Berlín, él es quien está marcando el camino. Luego serán los futbolistas, el césped y la batalla táctica quienes dicten sentencia. El resto, ruido innecesario, afán de protagonismo y carreras para ver quién dice la mayor tontería en esa desesperada carrera para vender más o lograr más audiencia.
Mañana a las 20:45 comenzará la batalla verdadera, la que de realmente cuenta, la que hará que uno de los dos FCB inicien su camino hacia la final del 6 de junio. Los lenguaraces, las columnas venenosas y el morbo seguirán contaminando en cuanto acabe el partido y hasta que comience el encuentro de vuelta. Por eso, hoy más que nunca es preciso que vuelva el fútbol. Algo que tanto Barça como Bayern dominan como pocos.
